China: fútbol, dinero y tradiciones

Los recientes movimientos de la empresa china Wanda, comprando el 20 % del Atlético de Madrid y adquiriendo cerca del 70 % de las acciones de Infront –la empresa suiza dedicada a la distribución de los derechos de transmisión de la Copa del Mundo de fútbol- han vuelto a poner de relieve el extremo interés de la República Popular por mejorar su posición en el mapa futbolístico mundial.

Desde hace décadas la creciente pasión y el entusiasmo por el fútbol en China es directamente proporcional a la frustración y rabia de la población del país por no tener a su selección nacional entre las mejores del mundo.

Ese deseo de mejorar la posición del fútbol chino en el mundo existe de forma generalizada desde el ciudadano de la calle hasta el mismo Presidente de la República. En efecto Xi Jinping tiene entre sus metas del “sueño chino” el conseguir que la República Popular se clasifique para un Mundial, que pueda organizar un Mundial y, por último, que pueda ganarlo.

Para ello, desde hace ya muchos años, las autoridades, organismos oficiales y empresas del país han destinado no pocos recursos, enviando a niños al exterior, contratando a entrenadores y jugadores extranjeros para jugar en su país, o llegando a acuerdos con clubes de fama mundial para la creación de escuelas de fútbol.

Dos elementos rodean este tema: el demográfico y el político-económico. Siendo el país más poblado de la tierra, en China no se entiende cómo entre tantos millones de habitantes no son capaces de encontrar once buenos jugadores de fútbol. Al mismo tiempo, a medida que crece el poderío político y económico de la República Popular en el mundo, se considera “lógico” que el país deba figurar entre las primeras potencias del llamado deporte-rey.

Desde hace ya casi cuarenta años no dejo de escuchar en China la pregunta de cómo un país como Uruguay, con una población más pequeña que la de un barrio de Beijing, haya sido tantas veces campeón del mundo, esté en los primeros lugares del ranking mundial de la FIFA y aporte tanto jugadores al fútbol profesional de primer nivel en Europa.

Algo parecido lo vemos en el caso de los países ricos del mundo árabe y del Golfo, donde existe una gran afición por el fútbol y donde se invierten millones de petrodólares en el sector.

No soy un experto en fútbol, pero como dice Eduardo Galeano que “los uruguayos nacemos gritando gol”, y “no hay ningún uruguayo que no se considere doctor en tácticas y estrategias del fútbol” (*) me permito estas reflexiones sobre el fútbol chino y sus deseos de grandeza.

Es verdad que el fútbol de ahora se ha convertido en un gran negocio que mueve millones, y que prácticamente todo –pero no todo- gira en el fútbol alrededor del dinero. Por suerte, hay algo que se llama tradición, historia, “picaresca”, “garra” y que todo el dinero del mundo no puede comprar.

Si me permiten la comparación, es como la música o la gastronomía, por citar algunos ejemplos. El mejor tango lo tenemos en el Rio de la Plata, maestros como Paco de Lucía nacen y se crían en Andalucía, las mejores paellas se comen en el mediterráneo español, y los mejores patos de Pekín o dim-sun los tenemos en China.

Gracias a esa tradición, a ese verdadero fervor por el fútbol, niños y jóvenes de países pequeños y en algunos casos pobres, que juegan todos los días en las calles, en las playas, muchas veces descalzos y otras “por el amor a la camiseta” sin recibir nada a cambio, es que países como Uruguay, gran parte de América Latina, África y parte de la Europa menos rica –Italia, España, Portugal- son capaces de generar estrellas y estar a la cabeza del fútbol mundial.

Ojalá que China pueda progresar en el mundo del fútbol y que alguna vez yo pueda ver en las calles y parques de Beijing y otras ciudades del país, a niños jugando al fútbol –entre ellos, con sus padres- cosa que hasta ahora no he visto.

Mientras tanto, y a pesar de todo el dinero que se mueve, el «arte» del fútbol creo y espero que siga manteniendo un poco de tradición, que permita hacer soñar a los «chicos», que haga ilusionar, y que produzca «milagros» como por ejemplo el de Costa Rica en el último Mundial.

(*) Eduardo Galeano. «El fútbol a sol y sombra». Siglo XXI

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