Ábacos, calculadoras, tiendas chinas y contando con los dedos


Cuando hace unos días la UNESCO declaró el ábaco como Patrimonio Cultural “Inmaterial” (¿?) de la Humanidad me vinieron a la memoria mis primeros años en China y en especial el asombro y extrañeza que me causaron entonces las tiendas de Beijing.
Puede sonar raro, pero el entrar a una tienda, recorrerla, comprar cosas, fue una de las primeras experiencias más interesantes que tuve en China y en donde empecé a intentar aprender algo y comprender algo del país.  
De hecho, después de la llegada al Aeropuerto La Capital una noche del 7 de julio de 1975, al segundo día nos llevaron, en un auto con cortinas en las ventanas, como se estilaba entonces, a dar una vuelta por la ciudad que terminó en el famoso “Baiduodalou” de Beijing, los “Grandes almacenes” como decían entonces los traductores, y literalmente “Gran Edificio de Cientos de Productos”, la principal tienda de la capital china, en la más importante calle comercial de la ciudad, Wangfujing.
Durante el viaje en el auto no dejaron de asombrarme las bicicletas, la plaza de Tiananmen, los retratos de Mao, pero al fin y al cabo eso lo había visto ya en muchas revistas. Lo que vi en los grandes almacenes, sin embargo, y que luego se repetiría durante años en todo tipo de tiendas, fue una serie de cosas que, con mis 17 años, me causaron una impresión que aún recuerdo como si fuera ayer.
En primer lugar, me di cuenta, muerto de vergüenza en un principio y con una sensación casi de “estrella” de cine o de fútbol después –para qué negarlo- cómo todos nos miraban y la gente hacía círculos a nuestro alrededor observándonos de la cabeza a los pies. Y es que eran años en los que había pocos extranjeros y la población local miraba con ingenuidad y extrañeza a unos seres que, como en nuestro caso, les resultaban casi “marcianos”, en especial por lo largo de nuestras narices. (Ni qué decir si el extranjero era rubio, pelirrojo o de raza negra…)
La segunda impresión fue ver cómo el dinero que se pagaba y se devolvía era depositado en una bandeja pequeña, como de laboratorio u hospital, y manipulado con unas pinzas para que el vendedor o cajero no tuviera contacto físico con él. Aunque raro, lo entendí como una medida higiénica.
También una de mis primeras “lecciones de China”, al segundo día de llegar, fue aprender que ellos contaban del 1 al 10 con una sola mano, y me miraban con extrañeza y en algunos caso hasta miedo, cuando por ejemplo para pedir ocho caramelos extendía las dos manos hacia la cara del vendedor, una completamente abierta y la otra con los dedos anular y meñique cerrados.
Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fueron los ábacos. Había un mínimo de dos o tres por mostrador, y emitían un sonido muy particular, no sólo cuando el vendedor los usaba para hacer sus cálculos, con una velocidad y destreza en los dedos dignas de un prestidigitador, sino cuando “jugaba” con ellos, lo cual era un fenómeno constante.
Admirador de “Les Luthiers” pensé que sería un instrumento ideal para el grupo argentino, aunque finalmente no sé si alguna vez llegaron a usarlo o no.
Esa “música” de los ábacos, que durante años sonó no sólo en tiendas, sino allí donde se cobraba dinero –restaurantes, peluquerías, hospitales y clínicas, ventanillas de venta de billetes, etc- fue durante décadas una de las cosas más típicas de China …. y más extrañas para mí.
Además, todos los ábacos eran iguales, todos del mismo tamaño, todos del mismo color …. con la única excepción de los ábacos de los bancos, que eran más largos, menos anchos y de color blanco.
Reconozco que nunca supe usar el ábaco, aunque con el tiempo aprendí a “leerlo” al revés, o sea antes de que el vendedor dijera la cifra, ya podía, desde el otro lado del mostrador, “adivinar” el monto que indicaba el ahora Patrimonio de la Humanidad.
Mis dos primeros años en China fueron de estudio del idioma, y cuando entré a la Universidad de Qinghua (o Tsinghua como se conoce también ahora), lo que usábamos ya era la regla de cálculo; ya que el ábaco aunque podía hacer “casi de todo”, no llegaba por ejemplo a los logaritmos, raíces cuadradas u otras operaciones más complicadas.
Entre los recuerdos del ábaco, una cosa que nunca dejó de llamarme la atención es que si por ejemplo compraba un producto de 1 Yuan y otro de 2 Yuanes, el vendedor siempre usaba el ábaco para sumar 1 + 2, para a continuación decir “son 3 yuanes”. Además, si pagaba 4 Yuanes con dos billetes de 2, el vendedor regresaba al ábaco para restar 4 – 3, para luego decir “le devuelvo un yuan”.
Hasta la “extinción” del ábaco como parte del paisaje de las tiendas o restaurantes, hubo un período de transición, de solape entre el ábaco y las calculadoras, eléctricas o electrónicas, período en el cual el que salía ganando siempre era el ábaco.
Así, volviendo al ejemplo anterior, una compra de 1 Yuan y otra de 2 Yuanes, primero se sumaba en la calculadora, y se obtenía el resultado de 3 Yuanes; sin embargo, el vendedor, tanto para cobrar como para dar el cambio, después de usar la calculadora, “volvía” al ábaco a comprobar si el resultado de la “modernidad” era el correcto.
Al final, la “modernidad” terminó venciendo y el ábaco se tuvo que retirar, esconderse en cajones, rincones o cajas de cartón, y en algunos casos terminando como elemento decorativo o de venta en tiendas de curiosidades.
China, Beijing, sus tiendas han cambiado mucho en las últimas décadas –y eso lo sabe hasta el que no haya viajado allí- y la decisión de la UNESCO me produce saudades de una época en que el ábaco era parte del mobiliario de las tiendas, donde aprendí que los chinos no contaban con las dos manos, que aparte del dinero existían los llamados “cupones de algodón” y “cupones de cereales”, que la unidad de peso era diferente, que entonces, en los años 70, las pilas usadas se devolvían para comprar nuevas, igual que se podían devolver los tubos de pasta de diente usados para comprar un tubo nuevo.
Las tiendas de China dan para esta y muchas más historias.
Publicado originalmente en Global Asia 

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